Dar vuelta el mapa

Upside down map 01

La primera vez que vi un mapamundi dado vuelta fue en la universidad de Luisiana, en la oficina de un profesor de lingüística especializado en Latinoamérica. Había ido a su despacho a darle un mensaje, pero al entrar me quedé mudo ante el mapamundi gigante con el hemisferio sur en la parte de arriba que colgaba detrás de su escritorio. Nunca había visto un mapa similar, ni tampoco (debo reconocer) lo había imaginado. Sudáfrica estaba más cerca de Argentina que España, el norte de Brasil casi tocaba África Occidental, una línea recta conectaba el sur de Australia, Ciudad del Cabo y Buenos Aires. El mundo se había dado vuelta, detalles que habían existido siempre me saltaban a la vista por primera vez y esa visión diametralmente distinta del planeta me dejó tan entusiasmado como perplejo. Casi treinta años más tarde, ese mapa al revés regresó a mi mente durante un debate que la Cátedra Coetzee-Literaturas del Sur de la UNSAM organizó en el Malba como cierre de su primer seminario en Buenos Aires.

Coordinado por el premio Nobel J. M. Coetzee, en el debate participaban dos escritores australianos (Nicholas Jose y Gail Jones, que acaban de impartir en la UNSAM el primer seminario de la cátedra sobre literatura de su país) y dos argentinos (Tununa Mercado y Luis Chitarrroni). Sabía que Coetzee se limitaría a hacer las preguntas y moderar las discusiones, pero de todas maneras mi razón principal para estar ahí era escucharlo a él. Mi admiración por el premio Nobel sudafricano es rayana en lo preocupante: he leído casi todos sus libros, algunos tres o cuatro veces, y las mañanas que no logro escribir mis historias traduzco algún pasaje de sus novelas para destrabarme. Pero cuando Coetzee comenzó a explicar el porqué de la cátedra Literaturas del Sur, las razones que sustentaban el proyecto hicieron virar mi foco de atención al igual que aquel mapamundi en Luisiana. La cátedra buscaba generar un diálogo sin intermediarios entre países que por razones de historia y geografía, entre otras tantas, comparten características esenciales. En el caso particular de Australia, Sudáfrica y Argentina, las relaciones con sus territorios interiores ―llámese Outback, Karooo Desierto― están igualmente teñidas de exotismo y temor, marcadas por la necesidad de conquista, infectadas por la negación, el exterminio o el sometimiento de sus habitantes originarios. Hecho que encuentra un paralelo casi perfecto en el rugby, deporte que nos cruza a todos con una impronta de violencia (y dominación) de las clases altas (y dominantes) quienes, paradójicamente, han sido pioneras en asumir la geografía en común al organizar ―desde 1996 entre Australia, Sudáfrica y Nueva Zelanda con la incorporación de Argentina en 2012― torneos entre equipos del hemisferio sur a fin de jugar cuando quieran y sin tener que cambiar de estación. Y hablando de estaciones, no nos olvidemos de nuestra sincronía de equinoccios y solsticios, y de que todos, sea en una playa de Sidney, en una plaza de Ciudad del Cabo o en una terraza de Buenos Aires, recibimos el Nuevo Año en mangas cortas y pasados de calor. Y hay más puntos en común. A través de la historia, las luchas de estas tres ex colonias para forjar una identidad nacional han sido similares, así como el amor-odio que impregna las relaciones con sus metrópolis. Y quizá lo más importante, por nuestra condición de países del Sur ―más allá de las mutaciones en significado y escala que el concepto Sur haya tenido en el tiempo―, hemos estado siempre mirando al Norte y nuestras comunicaciones han sido mediadas por el Norte. ¿Por qué no existen (o dejaron de existir) vuelos directos desde Argentina a África o a Australia?¿Por qué los libros de autores australianos o sudafricanos se publican primero Inglaterra, se traducen después en España para más tarde llegar a Buenos Aires? El Norte tercia nuestras relaciones, decide lo que tenemos que hablar, y de algún modo nos indica cuándo y cómo hacerlo.

Reclinado contra el asiento del auditorio del Malba, mientras escuchaba el intercambio de opiniones y experiencias entre los escritores australianos y argentinos, me vinieron a la mente Ian y Arthur, amigos de Australia y Sudáfrica respectivamente, con quienes a través de los años he compartido interminables horas de charla y cerveza. Regresaron los recuerdos de Ian sobre la sheep station que visitaba de chico, tan similares a los míos de la estancia de mis abuelos en Santa Cruz, la manera en que nuestras historias duplicaban la amplitud del territorio, el aislamiento de los estancieros y hasta los tanques de agua construidos con chapas de zinc pintadas de rojo. Me acordé de la adolescencia de Arthur en Grahamstown, en el Cabo Oriental, de ese secundario al que asistía pupilo aunque vivía en la misma ciudad y lo diferente que había sido al mío en un colegio salesiano de la Patagonia. Con Ian y Arthur habíamos narrado nuestras geografías, nuestras familias y amigos, nuestras frustraciones y sueños y así, entre similitudes y contrastes, habíamos llegado a saber el uno del otro, a tomarnos cariño. Comprendí entonces que la Cátedra Coetzee buscaba algo muy parecido a través de la literatura, considerando que leer, según nuestro querido Bolaño, es “como hablar con un amigo, como exponer tus ideas, como escuchar las ideas de los otros, como escuchar música, como contemplar un paisaje, como salir a dar un paseo por la playa…”.  Leernos los unos y los otros nos lleva a conocernos, a generar afectos, a desarrollar el deseo de cooperar y eso nos hace más grandes y mejores. Salí de la charla entusiasmando y decidido a inscribirme en el siguiente seminario que se realizaría unos meses después.

El segundo seminario estuvo a cargo de los escritores sudafricanos Zoë Wicomb e Ivan Vladislavić y sobrevoló la literatura de ese país desde el inicio del apartheid, en 1948, a través de los años de resistencia y los posteriores a su caída en 1994. Ni siquiera hizo falta comenzar las clases para apreciar la potencialidad y la ambición del proyecto Literaturas del Sur, ya la lista de lecturas lo ponía en evidencia así como también mostraba los obstáculos a enfrentar. Junto con cuentos, poemas y reportajes, las seis novelas seleccionadas eran un viaje por las tierras rojo sangre de la aldea de Ndotsheni, los inquilinatos malolientes del Distrito Seis de Ciudad del Cabo, los cielos violetas a los que cantan los grillos de Natal y las pilas de basura y colchones podridos en los barrios bajos de Johanesburgo (que en mi mente se reflejaban en las lomas misioneras, en las villas de emergencia del gran Buenos Aires, en los cielos de mi querida Patagonia y en las parvas de basura a los costados de las autopistas urbanas). De la mano del entrañable reverendo Stephen Kumalo, en Llanto por la tierra amada; del enojo de Adonis en A Walk in the Night; de la confundida Maureen en una Sudáfrica distópica tomada a la fuerza por la mayoría negra en La gente de July; de las ambigüedades morales de David Lurie y del sacrificio aceptado por su hija Lucy, en Desgracia, las lecturas atravesaban psiquis sudafricanas que desafiaban, subvertían e incluso jugaban con los estereotipos de los blancos salvadores teñidos de condescendencia, de los perpetradores de los peores crímenes raciales, de los nacidos culpables dispuestos a cualquier sacrificio para redimir pecados del pasado, y también por las de los negros resignados, de los combativos y de los que se permiten mirar al futuro como una utopía. La lista de lecturas proponía un recorrido descarnado por las luces y sombras más significativas de Sudáfrica, a través de su geografía contrastante, en compañía de ese complejo crisol forjado a través de los siglos por colonos holandeses e ingleses, esclavos de Oriente y pueblos originarios de África. Pero esa misma lista que pretendía mostrarnos en dos semanas una complejidad sudafricana que un viajero avezado necesitaría meses o años para desentrañar, también hizo patente hasta qué punto la mediación del Norte limita el rango de nuestras relaciones.

Únicamente tres de las seis novelas seleccionadas han sido traducidas al castellano (ibérico), y sólo una de ellas (Desgracia, de J. M. Coetzee) estaba disponible en las librerías de Buenos Aires.  Ninguna de las otras, ni tampoco los cuentos, poemas o reportajes que completaban la lista, puede ser leída por alguien que no entienda inglés. A la luz de esta restricción, el seminario analizó pasajes de cada novela, que estuvieron disponibles en inglés y también en castellano, sea en las traducciones ya publicadas o en las que realizó especialmente la cátedra. LINK La propuesta permitió llevar adelante las clases, pero sólo quienes podíamos leer en idioma original y tuvimos acceso a los libros enteros (yo ya tenía una copia de Desgracia y las demás novelas las bajé a un kindle) fuimos capaces de apreciar la amplitud real del seminario. Qué se publica y qué se traduce seguirá siendo decidido por países del Nortea menos que hagamos algo, y en eso la cátedra también está marcando un camino. En el último año la UNSAM ha traducido y publicado Rostro Original, de Nicholas Jose, y Cinco Campanas, Gail Jones (ambos autores australianos a cargo del primer seminario) y Miradas, un grupo de cuentos de Zoë Wicomb e Ivan Vladislavić (sudafricanos a cargo del segundo). Un inicio tenue, que debería propagarse.

Más allá del difícil acceso a los textos, una vez iniciadas las clases quedó expuesta la siguiente barrera. En el discurso de apertura del segundo seminario, Coetzee leyó un párrafo en castellano en el que pedía disculpas por no hablar español. Si bien cada vez son más las excepciones―como el impecable castellano de Stuart, el poeta australiano que terminó sentado a mi lado en el seminario, o el de mis amigos Ian y Arthur―, el desconocimiento del español en los países angloparlantes, más aún en los periféricos del ex imperio británico, es una realidad reconocida por todos. Wicomb y Vladislavic dictaron las clases en inglés y, con el mismo cuidado con que había traducido los pasajes de los libros que no estaban en castellano, la cátedra sumó un servicio de interpretación. Es un lujo disponer de interpretación simultánea en cualquier clase, más aún de la excelente calidad que tuvo el seminario, pero eso no hace desaparecer la cabina detrás de los bancos, el murmullo constante en el otro idioma, el hecho de que todo tenga que pasar por un filtro, la imposibilidad de un debate espontáneo (agravado por el requerimiento de la cátedra de que todos, incluso los que hablábamos inglés, hiciéramos las preguntas en castellano con el paradójico fin de que ninguna participación estuviera limitada por el idioma). La cabina agregaba otro elemento de mediación, otro obstáculo a la cercanía. ¿Cómo se vence la barrera del idioma sin crear otra? Es una pregunta difícil de responder, pero tal vez parte de la respuesta se encontraba entre los mismos asistentes. Si bien la composición de los más de treinta participantes era muy diversa―estudiantes universitarios argentinos (la mayoría), estudiantes ingleses, estadounidenses, polacos, chinos y de otros países latinoamericanos, un poeta australiano, un editor chileno, una profesora sueca y un escritor argentino (yo)―, su manejo de inglés era bastante parejo, y por el bajo número de auriculares solicitados quedaba claro que la gran mayoría se comunicaba en ese idioma. Sin dejar afuera a quiénes sólo hablan castellano, ¿no se podría generar más de una instancia o grupo de trabajo, uno con interpretación y otro sin ella? ¿No se podría proponer a su vez más un tipo de conversación ―entre escritores visitantes y estudiantes, escritores visitantes y escritores locales, escritores visitantes y editoriales locales, o entre cualquier otro par que nuestra imaginación vaya sugiriendo― en un intento de encontrar las mejores maneras de hablar entre nosotros? Y esto último, las mejores maneras de conversar entre culturas, me llevó a pensar en la tercera barrera a vencer.

Después del idioma, el primero y más claro obstáculo a sortear, vienen las diferencias de cultura y de historias nacionales que condicionan la comunicación de una manera más sutil y por lo tanto más compleja. En una coreografía que se aprende a prueba y error, con mis amigos Ian y Arthur fuimos descubriendo de a poco las cosas que podíamos dar por sobreentendidas y las que no,  la cantidad de contexto que había que agregar a cualquier comentario para volverlo relevante. Es un camino arduo pero esperanzador porque con el tiempo y el mayor conocimiento mutuo esas barreras comienzan a desaparecer, y la conversación se vuelve exponencialmente más interesante. En la clase introductoria Wicomb se explayó sobre la (complejísima) historia y geografía de Sudáfrica, temas a los que se hizo referencia en sesiones posteriores, pero hubo momentos ―como cuando se habló de la lista de verbos (ingleses) utilizados en el lenguaje de la literatura post-apartheid, o se analizaron poemas con referencias lingüísticas y culturales de una especificidad excluyente para cualquier no-sudafricano― en que las discusiones se desengancharon por completo de las débiles anclas que veníamos fijando sobre ese nuevo territorio. Por el amor a lo que la literatura puede hacer, más que significar  fue la dedicatoria que Stuart, el poeta australiano que compartió conmigo el seminario, me escribió en un libro de poesía suyo que me regaló. Generar, mantener y profundizar la cercanía y el conocimiento entre culturas debería apelar tal vez, más que a los significados ocultos de la literatura, a su inconmensurable poder para contar, mostrar, relacionar, emocionar, expandir…

Al fomentar el diálogo Sur-Sur, la Cátedra Coetzee nos propone salirnos de nuestro histórico corredor con el Norte y establecer relaciones laterales entre pueblos y países que comparten visiones, posturas e historias similares. Nos invita también a abandonar el juego de intermediación dirigido por ese Norte y mirarnos de frente, hablar sin intermediarios, venciendo los obstáculos que nos lo dificultan. En otras palabras, poner el mapa al revés para dar vuelta la manera en que nos percibimos y nos relacionamos. Con las visitas de la escritora Delia Falconer y del catedrático Ivor Indyk, ambos de Australia, en abril de 2016 se realizará el tercer seminario de la UNSAM, acompañado por la publicación en castellano de un libro de cada uno de ellos.Una nueva oportunidad para seguir construyendo puentes que traspasen las limitaciones de espacio y de tiempo, que atraviesen los muros de ayer y de hoy. Puentes montados sobre el andamiaje de la literatura, quizá uno de los vehículos más fuertes de amor y solidaridad que la humanidad conoce.

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Recuerdos rojos

GIOndas

Los rojos de mi abuela, esos que regresan a mi memoria casi todos los días, son rojos vegetales y culinarios, salidos de su huerta y de su cocina. No son rojos de tinte político, porque de anarquista o comunista poco tenía mi abuela. Cuando me contaba historias de las huelgas laneras en la Patagonia de los años veinte, de las que había sido testigo de niña, aunque sus padres eran empleados rurales tan rasos como cualquier huelguista, ella se ponía siempre del lado de los patrones. Defensora acérrima del trabajo, cualquier cosa que se le opusiera era de cuestionable ideología, incluso mi tendencia a tirarme a leer libros cuando pasábamos los veranos juntos en la estancia. Esos rojos que recuerdo no estaban en su ropa ni en su arreglo personal, porque entre su sobriedad natural y los lutos que se le sumaron -mi hermano, mi padre y mi abuelo- al vestirse mantenía siempre una paleta de grises y negros. Y tampoco estaban en la decoración de su casa, esa que construyó con mi abuelo en una estancia que compraron en los años cuarenta a orillas del lago Cardiel, con veinte años de ahorro como empleados rurales en estancias de otros. Para esa casa ella prefirió los verdes y los azules apastelados, colores tranquilos, iluminados. Y sin duda esos rojos no evocan calidez, esos mimos y caramelos que muchos asocian con sus abuelas. La mía era una abuela dura, que me daba un beso al verme aparecer en el aeropuerto de Río Gallegos y otro al despedirme un par de meses después. Los rojos de mi abuela, esos que recuerdo casi a diario, son los de las remolachas, del ruibarbo, de los rabanitos, de las guindas, de la jalea de corintos…

Las guindas crecían de dos árboles al lado del pozo de agua para riego, agua que provenía de vertientes a miles de metros de distancia, unas fuentes de origen misterioso que transformaban ese par de hectáreas alrededor del casco en un vergel, en un oasis en medio de un desierto marrón donde sólo crecían plantas con espinas, como los calafates o los molles, o las matas de paja brava que sólo las ovejas eran capaz de masticar y si uno se les caía encima le pinchaban el culo. En esas dos hectáreas, protegidas del viento por álamos y sauces, con ese agua de origen incierto, no sólo crecían los dos guindos, también prosperaba el ruibarbo con el que preparaba una mermelada chirla donde las fibras blancas de los tallos se retorcían como gusanos; los rabanitos que cortaba en cruz y hundía en sal para comerlos mientras esperábamos la cena; las remolachas que teñían de rojo los huevos duros en las ensaladas; los corintos que se convertían en una jalea tan cristalina que permitía ver el fondo del frasco.

¿Cómo tomaría mi abuela, a veinte años de su muerte, que después de tantas semanas compartidas en la estancia, de tantas caminatas hasta el Cardiel a pescar truchas con una tanza arrollada a una lata de duraznos, después de todo el mate que tomamos con la pava apoyada en la cocina a leña, de las miles de historias de la Patagonia que me contó, los recuerdos que más regresan de ella sean una mermelada de ruibarbo o una compota de guindas? Es que interrumpir el viento y la sequedad con colores sanguíneos y sabores legendarios, darle un toque de asombro a esos días que amenazaban con fundirse unos en otros, minarle una pizca de sensualidad a esa Patagonia esteparia en la que le tocó vivir implicaba un esfuerzo titánico y constante. Un esfuerzo que mi abuela, en sus ropas grises y negras, con esa parquedad tan suya, en esa casa pintada de azules y verdes iluminados, realizaba a la perfección. Tal vez por eso son esos rojos los que regresan, porque con cada uno de esos rojos mi abuela convertía la vida en la estancia en un prodigio constante, en una celebración cotidiana de la vida que muchas veces siento que me hace tanta falta.

El prejuicio y la desgracia según Coetzee

Dibujo Dafour

Entre la literatura de J. M. Coetzee y mi amigo Arthur Rose, mantengo con Sudáfrica –país que no conozco- una relación más estrecha que con otros en los que sí he estado. La obra de Coetzee la descubrí en 1999, año en que se publicó Desgracia en Gran Bretaña, y desde entonces no dejé de leerlo. A Arthur lo conocí un tiempo después en Buenos Aires, en los meses en que enseñó literatura inglesa a mis hijos, y aún seguimos siendo amigos.

Desgracia me deslumbró en un principio por su prosa cristalina, afilada como un escalpelo, que se atreve a transitar temas tan controversiales, como la violación de una mujer blanca por una pandilla de hombres negros, sin perder nunca la determinación de narrar con un lenguaje concreto, poblado de detalles descriptivos, que no deja nunca caer la trama. Pero la compleja red de símbolos, el magistral diálogo entre historias paralelas y los potentes silencios que deja la novela fueron emergiendo en las sucesivas relecturas, y en las interminables charlas de café que tuve con mi amigo Arthur.

Desgracia es, entre otras cosas, la historia de dos abusos sexuales. El primero es perpetrado por el protagonista, David Lurie, contra Melanie, una de sus alumnas en la universidad de Ciudad de Cabo. El segundo, la brutal violación de Lucy, la hija de Lurie que vive en una granja en el Cabo Oriental, en manos de tres hombres negros. Cuando sale a luz la relación de Lurie con Melanie, un comité disciplinario de la universidad le exige una disculpa pública como forma de expiación, pero a pesar de reconocer que la experiencia no fue deseada por Melanie, Lurie mantiene que no fue una violación, no exactamente eso y, arguyendo que la belleza no sólo pertenece a sí misma, se niega a hacer el descargo con la obstinación de un mártir en búsqueda de un estado de gracia. Después de perder su puesto universitario, Lurie va a pasar un tiempo con Lucy, su hija lesbiana que vive en una granja donde cultiva flores y cuida perros. A las pocas semanas de estar allí, tres hombres fuerzan la entrada a la casa y, después de robar, matar a tiros a los perros en los caniles y atacar a Lurie, violan a Lucy.

Ataques como los de la novela han existido en Sudáfrica, pero no en la magnitud en que se instalaron dentro del imaginario colectivo de los blancos, me dijo Arthur, criado en una ciudad del Cabo Oriental, escenario no sólo de Desgracia sino también de los mayores enfrentamientos raciales en la historia del país. Cara redonda, rulos castaños, ojos celestes que parecen a punto de saltar de las órbitas, Arthur habla con una voz profunda, en ese inglés mestizo, infectado por las lenguas locales, que me resulta tan cristalino como la prosa de Coetzee. Cuando era chico sus padres tenían una granja, y Arthur recuerda que cuando su padre no estaba, presa de esos mismos miedos establecidos, su madre los traía a él y a su hermana a dormir con ella, la puerta de la habitación cerrada y una escopeta al lado de la cama.

Desgracia no fue tan bien recibida en Sudáfrica como en el resto de los países anglófonos. Radebe, uno de los ministros de Mandela, llegó a expresar que Coetzee hacía una representación brutal del estereotipo que los blancos tienen del hombre negro. Esos temas despiertan en Sudáfrica terrores muy antiguos, me explicó Arthur, terrores que datan de la época del peligro negro de fines del siglo XIX, una ficción dominante que incluso se usó en las campañas electorales de los noventa para apelar a la paranoia de los votantes blancos. Eso explica quizá que el ministro Radebe, en un intento automático de defensa contra ese estereotipo, no haya recalado en que Coetzee inicia la novela con la relación del profesor Lurie con una prostituta de piel marrón dorada, contraponiendo ante el peligro negro el peligro blanco -la explotación flagrante de mujeres de color en manos de hombres blancos que ha existido por siglos-, y prosigue con el abuso sexual de ese mismo profesor blanco sobre Melanie (cuyo perfil racial no está claramente definido), exponiendo patrones de violencia de género dentro de las culturas colonizadoras europeas que han existido por milenios. Es verdad que Coetzee revisita el estereotipo del hombre negro violador, pero lo subvierte en parte confrontándole su contraparte blanca.

No sólo el contraste entre historias convierte la novela en magistral, sino también sus poderosos silencios. Con un notable control del lenguaje, Coetzee no sólo nos hace esperar doce páginas desde que se inicia el ataque a Lucy hasta que introduce la palabra rape, sino que en ambos incidentes deja oculta al lector la experiencia del cuerpo violado: Lucy se niega a contar su historia a la policía –asumiendo de algún modo una culpa histórica necesaria para permanecer en su granja-, y la experiencia de Melanie sólo se cuenta desde la perspectiva de Lurie. Leer sobre una violación requiere la restauración conciente del cuerpo, del sitio donde ocurre el sufrimiento, opinó Arthur. Al quitar la escena de violencia, se la enfatiza, y al narrarla desde la voz del hombre, se contamina de esa complicidad ambivalente entre varones, dejando entonces el juicio en manos del lector.  

     Entre sus clases de literatura, Arthur pasaba horas en Buenos Aires leyendo la obra de Borges. Una de las cosas que tienen en común Coetzee y Borges, me dijo una vez, es que a los dos les gusta jugar con los ecos, con las tautologías. Y en mi opinión son las duplicaciones que Coetzee utiliza en Desgracia las que más elevan la novela. Con búsquedas distintas, todos los símbolos principales están repetidos. El doble rasero con que las culturas europeas miran la violencia de género, por ejemplo, se revisita en una foto del Rapto de las sabinas. Lurie mira la foto y medita: …hombres a caballo con ligeras armaduras romanas, mujeres con velos de gasa que extienden los brazos y se lamentan, ¿qué tiene que ver esta pose con la supuesta violación de la que habla?: un hombre encima de una mujer que intenta meterse a la fuerza dentro de ella. Y en otra repetición, tan sutil como punzante, poco después de que los atacantes matan a tiros los indefensos perros de Lucy, Lurie se ofrece en una clínica veterinaria como voluntario para la penitente tarea de ayudar en el sacrificio de perros abandonados. Las partes y las contrapartes, las caras y las secas se engarzan en la novela con una fuerza asombrosa.

La admiración compartida por Coetzee fue sólo el principio de mi amistad con Arthur, que fue creciendo en el viaje que ambos emprendimos hacia la cultura del uno y la historia del otro, un recorrido que nos llevó desde Fogwill a la música U Mgqashiyo, de Soda Stereo a los clics de la lengua xhosa, y a pensar que Argentina y Sudáfrica, más allá de hemisferio y latitud, también compartían algunas de sus desgracias: el cantoneo entre el éxito y el colapso, historias de violencia de gobierno contra pueblo, disparidades extremas. Pero en esas comparaciones, la sombra del Apartheid –medio siglo de segregación y represión sistemática de los derechos civiles y sociales de la mayoría negra- no encontraba parangón posible. Y quizá sólo de una desgracia tan particular, de un infortunio tan incomparable, puede surgir un escalpelo tan incisivo como el de J. M. Coetzee.

La carta (y la radio)

radio 02

Los pasos de la abuela cruzan desde su dormitorio a la cocina. Me tapo la cara con las frazadas, pero no duro mucho. Me tengo que levantar porque en la estancia sólo estamos la abuela y yo, además de Barrientos que vive en la casa de abajo, y me toca a mí traer la leña chica a la mañana temprano. También darle afrechillo a las gallinas y juntar los huevos, pero eso lo hago después del desayuno. Hace frío. Es verano y hace frío a la mañana porque el verano nunca llega del todo al lago Cardiel, por eso las manzanas nunca terminan de madurar como en el norte donde vivo con mi madre y mis hermanos, y la abuela sólo las usa para hacer dulce; las hierve mucho y las cuela con una arpillera para preparar una jalea casi transparente. Me visto debajo de las sábanas y con un buendía entre dientes salgo directo hacia la pila de leña que está detrás de la casa. Por la ventana veo a la abuela agachada frente a la cocina vaciando las cenizas del día anterior. Llevo una lata de aceite con una manija de alambre donde junto pedacitos de madera, ésos que quedan desparramados por los golpes del hacha, ésa que usa Barrientos que es un hombre. Yo soy chico todavía para usar el hacha. Los álamos plateados protegen la pila de leña y mientras voy llenando la lata siento el zumbido de un viento que me pasa por los costados y, cuanto más fuerte suena, más feliz estoy de que no me toque. Al entrar me apuro en apoyar la espalda para cerrar la puerta así no se mete tierra, o ese aire helado que corta el poco calor que nos quedó de la noche. La radio está encendida, como todos los días durante todo el día. Escucho de pronto esa voz que me gusta y me doy cuenta de que es domingo. Sin negocios cerrados ni campanas de la iglesia, en la estancia es difícil llevar la cuenta de los días, y ese programa para chicos que emiten de Río Gallegos los domingos me recuerda qué día es. La radio es de bakelita marrón, con un botón que la enciende y regula el volumen, y otro que mueve el dial, que para poco sirve porque sólo se puede escuchar una estación en el Cardiel. La voz de la locutora me hace acordar a la de mi maestra de primer grado, aunque en marzo voy a empezar cuarto, y es el único programa que me gusta, salvo los mensajes que mandan de los pueblos a las estancias, que a veces son divertidos. La radio es la única conexión con el resto del mundo, aparte de la camioneta del mercachifle que trae el correo cada quince días, y de paso le compra cueros de zorro y chulengos a Barrientos y le vende jabón y hojas de afeitar. Fuera de eso, en los veranos que paso en la estancia casi siempre somos la abuela y yo, y Barrientos que me enseñó a jugar al truco con unos naipes gastados, y a veces tomo mate con él cuando termina el trabajo. Lleva un rato encender la cocina, y calentar la leche que la abuela mezcla con nestum, que es comida para bebés, pero que si se prepara bien espeso y con mucha azúcar tiene un olor parecido al afrechillo que les doy a las gallinas, sólo que más dulce, y es rico. Mientras espero el nestum sigue hablando la mujer en la radio, y de repente escucho que dice mi nombre, y si no fuera porque la abuela también se da vuelta y deja de atender la leche, pensaría que lo estoy imaginando porque todavía estoy medio dormido. Pero sí dice mi nombre y después lo repite y a mí se me empiezan a aflojar las piernas y me dan ganas de ir al baño, pero me aguanto. En la última visita del mercachifle había mandando una carta a la radio con una respuesta para la adivinanza del domingo anterior. Las adivinanzas eran siempre difíciles, y cuando le dije a la abuela que por fin sabía una respuesta me había dicho que la mandara por carta, advirtiendo que tal vez no llegaría a tiempo. La abuela se había equivocado y la carta había llegado y la respuesta era correcta, y sólo yo y otro chico de Gallegos, que no me acuerdo el nombre, acertamos, y en ese momento siento que desbordo dentro de la cocina e imagino mi nombre flotar por el aire que cubre toda la estancia, toda la provincia, y así sigo escuchando a la mujer en mi cabeza decir mi nombre una y otra vez mientras como el nestum, mientras les doy el afrechillo a las gallinas y junto los huevos. A los pocos días llega el mercachifle con un paquete para mí, viene de la radio y trae una carta y un libro, el premio por la adivinanza, una versión corta de la novela de Tarzán con dibujos. En la carta la mujer me cuenta que es maestra, que da clases en Río Gallegos, y que durante los veranos hace ese programa para seguir en contacto con los chicos, que si paso por la ciudad algún domingo puedo ir a visitarla a la radio. Leo la novela varias veces, fuera de las revistas viejas y los tratados sobre razas ovinas, en la estancia no hay libros. Al final no paso por la radio a saludar porque el avión de regreso al norte sale de Gallegos un miércoles, pero cuando despegamos y ya estamos altos, miro por la ventanilla y veo la meseta marrón, interminable, e imagino que mi nombre todavía está dando vueltas por ahí, flotando en ese viento que lo desparrama todo.

El gran ilusionista (Cortázar y yo)

Cortazar

El compañero de secundaria que me prestó una copia ajada de Final de juego se convirtió en el artífice insospechado de la relación más pasional y prolongada que yo haya tenido nunca con un escritor. No solo consumí en una noche todos esos primeros cuentos -con la pasión de quien descubre un nuevo evangelio, una nueva manera de aceptar la vida-, sino que me lancé en la frenética carrera de devorar todos los otros cuentos de Cortázar que pudiera encontrar. Su literatura me ofreció un espacio de cordura, me ayudó a salirme de mi propia extrañeza mostrándome una realidad ampliada, llena de sucesos y fenómenos que otras personas consideraban fantásticos, pero que a mí –al igual que a él- me habían parecido siempre normales y posibles. Por eso, quizá, la relación que establecí con Cortázar fue tan visceral que –sin padre desde los siete años– llegué a fantasear con la idea de que golpeara una mañana a mi puerta, ese cuerpo alto y desgarbado, con el plan de adoptarme y llevarme con él a París, o a Buenos Aires, o cualquier otro lugar dónde lo único que importara fuera fumar cigarrillos negros y hablar de cuentos, de sus cuentos.

Ese amor desmedido, irracional, que incluso hoy en día me da pudor confesar, se fue atemperando con el paso de los años, con nuevas lecturas, con nuevas pasiones literarias. Pero como todas las experiencias virginales, su marca dejó una huella profunda e indeleble. Veinte años después, cuando comencé a escribir, no dudé en consultar su sabiduría antes que ninguna otra. Cortázar era mi primer y gran maestro, en él tenía esa confianza plena que inspiran los buenos padres en sus hijos.

Mis vicios de agrónomo me llevaron a examinar sus cuentos como insectos bajo la lupa en las clases de entomología agrícola: separando las partes del cuerpo, midiendo articulaciones, contando el número de alas.  No sólo subrayé y anoté los márgenes de sus libros hasta no dejar espacio libre, sino que llegué a transcribir los cuentos a mano, palabra por palabra, con un lápiz negro sobre un cuaderno rayado. Así descubrí detalles y estrategias muy valiosos en su escritura, como la fuerza de lo que no se dice y el poder de la subjetividad del narrador en primera persona.

Casa tomada, más que en ningún otro de sus cuentos, muestra la importancia de lo que se omite. Un hombre y una mujer habitan, en un matrimonio de hermanos, la casa familiar como últimos descendientes de una dinastía, abocados a mantenerla limpia y ordenada. La casa es lo único que tienen, es todo lo que les queda de su vida, pero ante la aparición de ruidos extraños en las habitaciones no dudan de clausurar sin más una parte de la casa, y al poco tiempo, ante nuevos ruidos, de cerrar la otra, hasta expulsarse a ellos mismos a la calle, cerrar la puerta con llave y arrojarla a una alcantarilla. ¿Por qué viven en ese aislamiento forzado? ¿Por qué han reducido su vida a tan poco? ¿Por qué no investigan la fuente de los ruidos? La historia está llena de interrogantes, pero nada se explica o interpreta, y esos espacios vacíos nos obligan a buscar nuestras propias respuestas: siempre las más inquietantes, las más temibles.

La subjetividad del narrador explota en Axolotl, la historia de un hombre que se fascina con unos anfibios con forma de lagarto –llamados ajolotes- que descubre en el acuario del Jardin des Plantes de París. Los ojolotes lo intrigan al punto que regresa cada mañana para observarlos durante horas, y así la historia -narrada en primera persona por este hombre- va subiendo en intensidad, se vuelve opresiva, casi insoportable hasta que termina, sin corte o giro explícito, narrada por unos de los ojolotes. Como un mago que, con un golpe de varita y una explosión de salva, transporta a una persona desde un extremo del escenario al otro, Cortazar cambia el narrador delante de nuestros propios ojos sin detener la historia.  Si hubiera hurgado detrás del escenario del ilusionista, habría encontrado mecanismos secretos de trampas y poleas. En Cortazar, como el papel no tiene doble fondo ni los renglones compuertas ocultas, sólo hallé sutiles distorsiones en la prosa: un artículo posesivo fuera de lugar, un comentario entre paréntesis que apenas sugiere algo extraño, y en especial esa potente subjetividad del narrador que desintegra las barreras que separan al hombre del ajolote, que permite fundir voces tan dispares sin que nos demos cuenta.

Cuando entran en años nuestros abuelos o nuestros padres, esos seres a quienes hemos amado durante mucho tiempo, seguimos proyectando sobre sus caras las de la persona joven que primero conocimos. Es posible que la escritura de Cortázar comience a mostrar el paso del tiempo, pero yo la sigo leyendo, escuchando incluso, con la vitalidad de ese primer golpe, de ese sacudón que me pegó en la secundaria cuando ese compañero me prestó esa vieja copia de su libro de cuentos.

Mi pequeña Patagonia

Fabian en el Cardiel (circa 1970)-2

Una estepa marrón interminable, troncos petrificados más anchos que un barril, picos donde la nieve no da tregua, inagotables vetas minerales… la Patagonia ha representado desde siempre un territorio de dimensiones vastas e intimidantes, tesoros escondidos, paisajes extraordinarios donde tiene más sentido encontrar un lago verde esmeralda, árboles del color de la canela o hasta la mítica ciudad de los Césares que personas comunes en su quehacer cotidiano.

En oposición a eso, mi pequeño y bien poblado territorio patagónico no se expande mucho más allá de la cocina de mi abuela en una estancia a orillas del lago Cardiel. Con baldosas verdes y paredes blancas, la cocina tiene dos ventanas: una mira al lago y otra a una pila de leña, al dínamo de viento que hace años no funciona, y más atrás a la pequeña vega donde pasta algún caballo, o juegan los corderos guachos que me gustaba alimentar con una botella de leche, que con un pulgar de goma reemplaza la madre ausente. Contra la pared principal, encendida todo el día, hay una cocina a leña donde se preparan bifes de capón, huevos fritos, el pan que amasa mi abuela y esos arrollados que hacíamos juntos con esa misma masa -estirándola, enmantecándola, plegándola y volviendo a empezar hasta convertirla en milhojas- para comerlos aún calientes con la mermelada del ruibarbo que crece al lado de la casa, en esa huerta protegida del viento por los álamos plateados, regada por agua de una vertiente que se trae desde lejos, y donde también se cultivan zanahorias y remolachas, y avena para alimentar a los caballos en el invierno, cuando la vega que se ve desde la ventana se queda sin pasto.

Mis bisabuelos Ángel y Perfecta llegaron de Asturias a principios del siglo veinte, con media docena de hijos y otros tantos por venir, y se asentaron en el territorio de Santa Cruz, donde encontraron trabajo en el campo: Ángel como ovejero, Perfecta como cocinera. De ellos nació mi abuela Angelina, que se casó con otro joven asturiano, Eladio, recién llegado de la Pola de Lena. También ellos empezaron a trabajar en el campo, en los mismos oficios, pero eran demasiado ambiciosos para una eterna vida de peones y después de mucho esfuerzo y ahorro compraron -veinte años antes de que yo naciera- una estancia a orillas del lago Cardiel, en una de esas tierras fiscales que el gobierno nacional acababa de lotear. Allí, en compañía de mi abuela, tías, tíos y primos, pasé largos veranos de mi infancia y adolescencia.   Allí aprendí a montar a caballo poco después de aprender a caminar, a ayudar en las tareas del campo, a hacer milhojas con mi abuela…

La vastedad del territorio patagónico sólo significó para mí las horas que me llevaba desplazarme hasta la estancia desde los sitios a los que me iba mudando en el norte; su exotismo fueron las latas de mariscos chilenos que a veces encontraba en la despensa escondidas entre las de yerba y harina; y sus mayores tesoros –comprendí después- eran las historias que me contaban mi abuela y mis tías. Por lo demás, mi Patagonia es pequeña, íntima, y el único sitio que –después de vivir en tantas ciudades, países y continentes– me atrevo sin remilgos a pensar como mi hogar. Tal vez por eso, cuando comencé a escribir, esa Patagonia fue el primer territorio que quise habitar.

En mi primera novela, Patagonia iluminada (SM Ediciones, Serie Roja), una chica de doce años, Amanda, viaja con su temerosa tía desde Bahía Blanca al lago Cardiel en búsqueda de su padre, un piloto de la Aeroposta Argentina que, en 1930, desaparece misteriosamente en su Latte XXV con una carga que amenaza alterar el orden mundial. Una historia de aventuras, como las que me gustaba leer de chico, en que Amanda hace un viaje hacia lo más profundo de la Patagonia sin advertir que también está viajando hacia el origen de su propia historia, de su propio ser.

En Bestias afuera (Premio Clarín 2013) la apuesta cambia. Florián, un ingeniero agrónomo recién recibido, va en camino hacia La Guillermina, una estancia tan o más aislada que la de mis abuelos, a realizar un relevamiento de plagas. Lo acompaña su perro Atila, el ser que más quiere en el mundo. En la estancia lo esperan el dueño de casa, un anciano con distrofia muscular, y una mujer que lo cuida, con su pequeño hijo. La inquietud comienza a crecer apenas llega, el aislamiento es extremo, la naturaleza hostil, los predadores han asolado la región haciendo desaparecer el ganado. Muy pronto Florián empieza a sentir la presencia oscura y siniestra de un antiguo peón, Teodosio, que se supone muerto hace años.

Bestias afuera, planeada inicialmente como la simple recreación de una novela gótica inglesa en la Patagonia rural contemporánea, dio un giro repentino en el segundo capítulo y se convirtió en una exploración íntima: el exorcismo de un fantasma personal donde lo familiar se vuelve extraño, donde lo cercano se convierte en una fuente de horror. Y es que en esos años de infancia, poblados de tantos recuerdos dulces a orillas del Cardiel, también había visto a mi tío detener la camioneta para disparar a una tropilla de guanacos, lo había ayudado a recoger un animal muerto, la herida aún sangrante, para subirlo a la caja y llevarlo como comida para los perros. En esa misma estancia había pasado horas jugando en un galpón lleno de herramientas tan fascinantes como incomprensibles, entre cueros de ovejas que colgaban de un alambre al lado de otros cueros de los mismos pumas o zorros que las habían matado. Allí observé carnear capones, las patas traseras enganchadas a una madera colgada alta de una soga, la cabeza aún chorreando sangre, las tripas arrancadas del vientre y lanzadas a los perros. Y también en esos años tuve que aceptar las desapariciones súbitas de mi hermano, mi padre y mi abuelo, que murieron en ese orden, en menos de cinco años. Mis visitas a la estancia, huelga decir, también estaban pobladas de grandes ausencias, de terrores nocturnos, de fantasmas.

Debo reconocer que nunca imaginé que Bestias afuera, una historia tan pequeña, tan personal, tendría semejante reconocimiento, recibiría tanta atención de la prensa, llegaría a miles de lectores. Sin embargo, en retrospectiva todo empieza a tener sentido, o al menos ese sentido que necesitamos encontrarles a los hechos inexplicables de la vida. Ésa, mi pequeña Patagonia, poblada de tantos vivos y de tantos muertos, de recuerdos dulces y amargos que me marcaron tan profundamente, tenía como destino convertirse en un territorio literario, el sitio desde donde reordenar las emociones, desde donde dar un sentido nuevo a tanta dicha y a tanta tragedia.